Cae la tarde.

Cae la tarde,

la mente se dispone a deshabitar el cuerpo,

a ser inundada por su conciencia.

El espacio y los otros. La música que nos va invadiendo.

Descubrir los pies para sentirlos, para seguirlos.

Abrazando el suelo despiertan nuestro cuerpo al movimiento.

Pasar del balanceo a la extensión, la torsión, la sacudida…

Encadenar los movimientos, conectar el cuerpo,

vaciarlo de palabras y con ellas de frenos.

Contemplarlo, escucharlo, habitarlo, re-descubrirlo, seguirlo,

pasear por él, sentirlo, dejar que nos posea,

que navegue, que naufrague entre las sensaciones y las emociones.

Pero también que vaya a la calma para contemplar hacia dentro y hacia fuera.

A los otros que también fluyen, cada uno con su pulsión:

agitándose, deslizándose, esculpiéndose ante nuestros ojos.

Contemplar sus movimientos, la energía que deja su estela,

el ritmo que los posee, el abandono en que se sumergen,

la expresión que brota.

Esos otros a los que podemos acercarnos, compartir dirección, fusionar energías,

acompasarnos o complementarnos,

fundirnos construyendo un movimiento del que emana la magia que transforma el nuestro.

El tiempo pasa pero no nos pesa.

Los minutos se han ido tejiendo en nuestro movimiento.

Un movimiento que no agota porque la música lo lubrica,

las sensaciones lo sostienen, las emociones lo aligeran.

La música cesa y rescatamos la palabra o el silencio

para sellar la vivencia y dar fe de lo sentido.

Salimos a la noche más plenos y livianos.

El cuerpo ha modelado la mente y esta le ha acariciado.

Ya de camino a casa, aún sabiendo que arrastran la ancestral dualidad,

sueñan con caminar juntos con la luz de la próxima mañana.

 

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